jueves, 13 de noviembre de 2008

¿Es-cojo el éxito?

La historia real más ficticia del encuentro con Juan José Millás

Le debo a Juan José Millás mi gusto por leer en los cafés. Un domingo por la tarde fui a pasear a Crisol y terminé comprándome la edición de bolsillo de “El desorden de tu nombre”. Entonces, para cambiar la rutina, decidí experimentar la intimidad de la lectura en un nuevo ambiente colectivo: un café. Digo nuevo porque estoy acostumbrada a concentrarme en lugares donde hay movimiento: micros, taxis, aviones, salas de esperas, bancos y hasta en plena calle, caminando.
Esa tarde leí más de lo previsto. O me sentía muy cómoda en el café o el libro me había atrapado. O quizá fue una mezcla de las dos cosas. Para no perder la costumbre, la semana siguiente repetí la fórmula café-Millás. Y así, cada vez que iba al café tenía que tener un libro suyo en la mano (aunque estuviera leyendo otro en ese momento); fue un ritual que me auto-impuse, una fórmula mágica que me aseguraba poder terminar los libros que tenía abandonados en la mesa de noche.

No mires debajo de la cama” fue el siguiente libro de JJM que leí en el café. Una historia insólita. Sin duda, la que más me ha impactado de Millás, a pesar de que solo podía leerla en el café (con ese libro me convencí de la autenticidad de mi fórmula mágica). ¡Me generaba tanta ansiedad! La curiosidad por saber qué se proponía el autor con la historia absurda de unos zapatos con vida propia me mantenía atenta. La novela comienza con Elena Rincón —personaje de “La soledad era esto”—, una juez atormentada por la muerte de su padre que, a raíz de un encuentro fortuito con una mujer en el metro, con la que se siente sumamente atraída e identificada, decide leer el mismo libro que ella estaba leyendo. Pero, en el capítulo siguiente, el narrador nos sorprende alejándose de la realidad de la juez para insertarse en otra dimensión —como si estuviera relatando la novela dentro de la novela—, la de unos zapatos que devoran medias y cuyo máximo anhelo es poder independizarse de los pies que los llenan. Así, nos encontramos con unos mocasines, un par de zapatillas, unos zapatos de tacón y unas pantuflas disertando en torno a la ansiedad del vacío, producida por la ausencia de pies. Millás parece no cansarse nunca, continúa página tras página (62 páginas para ser exactos), un capítulo entero dedicado a las aventuras del calzado insurrecto. Zapatos que planean expediciones para recuperar la pareja de un mocasín viudo, cuyo dueño es un hombre que ha perdido una pierna; o que azuzan a un par de pies para que se rebelen y, entre todos, formar individuos autónomos, en un mundo en donde las extremidades serían los dioses. Recién en el capítulo tres se presenta al verdadero protagonista, Vicente Holgado —otro personaje reciclado del cuento “Trastornos de carácter”—, dueño de un taller de pies y obsesionado con monstruos que viven debajo de la cama.


Después leí otras novelas del autor con ese mismo matiz fantástico, como “El orden alfabético”, en la que los libros ahora son los rebeldes y se van volando, haciendo desaparecer las letras y las palabras, y con ello los objetos, conceptos y afectos. Esa fue otra historia inquietante, sin duda, pero la de Holgado encontró en mi memoria una forma de perdurar, anclándose en mis miedos de la infancia (el cuco del armario, por ejemplo), y determinó la imagen mental que me hice del autor. Para mí, Juan José Millás era el hombre-pies, amante de las prótesis y los zapatos, un auténtico ortopedista de las letras. De ahí, el impacto causado cuando al fin me encontré con él. O quizá con su espectro.

Estaba en el café, haciendo cola para pedir mi caramel machiato de siempre, cuando me di cuenta de que, a mi lado, un señor mayor con un bastón en la mano pagaba su cuenta. La señorita le preguntó su nombre para escribirlo en el vaso de cartón y él respondió con inconfundible acento español: Juan José. Inmediatamente volteé a mirar y lo observé con detenimiento. Era un tipo serio, imperturbable. Parecía no darse cuenta de mis ojos inquisidores. Cuando salió de la cola lo vi caminar con dificultad. ¡Era cojo! y demasiado mayor para ser Millás, no podía identificarlo con el escritor que había visto tantas veces en las fotos de sus libros. Cuando fui a recoger mi café me volví a topar con el potencial JJM, pero esta vez quien me miró fue él. Sus ojos parecían decir: sí, soy yo, mírame.
No pude dejar de pensar en aquella extraña coincidencia. ¿Sería posible que me hubiera encontrado con Millás en Lima, justamente en el café donde lo leí por primera vez y adonde siempre regreso con un libro suyo? ¿Sería posible, además, que el destino se haya burlando de él convirtiéndolo en un cojo? Era como si su obra lo hubiera condenado, atrapándolo en su propia invención. La ficción se había instalado en su vida igual que en sus libros, cuyos personajes siempre están atormentados por realidades paralelas.

Millás ha arrastrado el tema de la cojera desde la novela hasta diversos artículos y cuentos. En “Dispersión corporal” relata la historia de un cojo cuya pierna es donada a una mujer, con la que años después tiene un romance. Lo insólito del cuento es que el personaje termina enredado con su propia pierna, a la que había “acariciado y besado con pasión desde la ingle hasta el tobillo, llegando a conocer un delirio venéreo cuya intensidad no había experimentado antes con nadie”.
En “El hábito hace al monje”, Millás cuenta: “Hay culturas en las que a los recién nacidos se les ponen nombres tales como Perro Apestoso, Cubo de la Basura, o Trapo Sucio para alejar a los malos espíritus. Se trata de una ingenuidad conmovedora, típica del pensamiento mágico, que a veces funciona.” (…) ”Entre nosotros había un conocido autor teatral que cuando tenía un éxito se hacía el cojo para alejar la envidia, que es el peor de los malos espíritus”. Del mismo modo, dice que muchos escritores elegirían la cojera a cambio del éxito. “El éxito teatral (o de cualquier otro tipo) es una de las formas en la que se presentan los malos espíritus, pero aún no nos hemos dado cuenta”. ¿Acaso Millás había hecho un trato mefistofélico, convirtiéndose en cojo a cambio del éxito?
Por cierto, en ese mismo texto menciona que si uno finge ser cojo puede terminar sufriendo una cojera auténtica, de igual manera que si uno se llama Perro Apestoso, termina comportándose como un perro apestoso. “De hecho, mi tía Angustias estaba todo el día agobiada, mientras que mi tía Placeres disfrutaba con cualquier cosa. Yo no soy ni muy feliz ni muy desgraciado porque Juan José es completamente neutro”. A pesar de esta teoría, Millás ha confesado en un articuento —género creado por él, que fusiona el periodismo y la literatura— que cuando tenía conflictos laborales con su jefe, al que calificaba de “psicosomático”, se hacía el cojo solo para molestarlo pues sabía que, al final del día, el jefe terminaría regresando a su casa con una cojera contagiada.

Esa tarde, después del encuentro con el supuesto Millás, no me pude concentrar en mi libro (que no era, lástima, uno de él). Tomé una revista para pasar el rato y lo primero que vi fue una noticia acerca del escritor valenciano. Al parece, estaba en Lima para presentar El Mundo, su última novela. Cuando vi su foto actual comprobé que se parecía mucho al señor que había visto hacía un rato. ¡Todo indicaba que aquel hombre verdaderamente era Juan José Millás! Me levanté de la silla para buscarlo, tal vez estaba en las mesas de afuera, pero ya no lo encontré. Así que decidí ir a la presentación de su libro solo para comprobar si era el mismo hombre del café. No podía quedarme con la duda. Sin embargo, el día de la presentación me fue imposible asistir (y eso que pensaba estrenar zapatos) y tuve que investigar por mi cuenta de qué pie cojeaba el ganador del premio planeta. No fue fácil averiguarlo pero, gracias a un amigo me enteré de la verdad. Millás no es cojo y toda mi fantasía en torno a la ficción hecha realidad quedó pisoteada. El hombre tiene los dos pies bien puestos sobre la tierra, pero una mente bastante acostumbrada a volar. Quizá por eso también hace rituales y en vez de ir por los cafés con un libro bajo el brazo finge ser cojo para alejar a los malos espíritus porque, como él mismo dice, “los escritores somos supersticiosos”.

Publicado en DíaTreinta - Revista editada por la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Privada del Norte.



2 comentarios:

Harol dijo...

Excelente texto. Felicitaciones.

Sangre para los niños dijo...

"Esto podría explicar por qué, en 1958, un hombre de Nueva York llamado Robert Lane decidió llamar a su hijo Winner [ganador]. Los Lane, que vivían en un complejo de viviendas subvencionadas de Harlem, ya habían varios hijos, todos con nombres bastante típicos. Pero este chico…, bueno, al parecer Robert Lane sentía algo especial acerca de él. Winner Lane: ¿cómo podía fracasar con un nombre como ése?"

Steven D. Levitt, "Freakonomics"